La trampa del “no juicio”

¿Alguna vez te has topado con alguien que esgrimía el argumento de “¡No me juzgues!” cuando tratabas de señalarle algo que te molestaba de sus acciones? Seguramente sí. Es un argumento que, si no sabes cómo manejarlo, puede paralizar un diálogo y convertirlo en una discusión improductiva.

La clave del problema con el “juicio” es que se le suele confundir con “juicio condenatorio”, y ambos conceptos se mezclan en nuestras mentes y en nuestras emociones. Es necesario entender que son dos cosas totalmente distintas:

El juicio es la capacidad de discernir entre el bien y mal en una situación o en la actitud de alguien.

O, si prescindimos de las palabras “Bien” y “Mal”, se puede decir que es la capacidad de discernir entre Luz y Oscuridad. Es el “sentido del juicio” de toda la vida.

La capacidad de realizar un juicio correcto (realista) nos permite diferenciar entre las buenas y las malas intenciones (propias y ajenas), o entre las buenas o malas consecuencias posibles de una situación.

El juicio es necesario para poder poner límites a las cosas que nos perjudican. Por eso, un buen sentido del juicio nos ayuda a manejarnos en la vida, alejándonos de lo que no nos conviene.

El juicio, por lo tanto, es una capacidad positiva para estar en la vida, es empoderante; no es negativa. Si prescindiésemos del sentido del juicio, caeríamos en un RELATIVISMO MORAL que nos impediría tomar decisiones ajustadas respecto al mundo que nos rodea. Sin el juicio, todo está permitido (para uno mismo, y para los demás). El relativismo moral da “carta blanca” a los egoísmos, las sombras y las miserias.

Un juicio correcto es comprender si una situación o actitud es adecuada o inadecuada, positiva o negativa, armoniosa o inarmoniosa. Pero un juicio correcto es, además de realista, neutral y comprensivo. Neutral significa que el juicio se limita a catalogar como buena o mala a una situación, NO a las personas involucradas en ella. Un juicio correcto se ciñe al QUÉ, sin meterse a valorar al QUIÉN.

Y de esta manera llegamos a la cara oscura del juicio: el juicio condenatorio.

Un juicio condenatorio es un veredicto emocional y definitivo sobre el valor de una persona en su totalidad, en base a sus acciones. El juicio condenatorio digamos que “se sale del tiesto” y concluye que la persona que realiza una acción inadecuada es TODA ELLA, inadecuada o mala. Por ejemplo, las frases tipo “Eres un/a…” son juicios condenatorios, porque el mensaje de fondo es que la actitud puntual de la persona define a toda la persona.

Este tipo de juicio se suele emitir cargado de violencia emocional, y es a esa violencia emocional a lo que reacciona la gente, pues el juicio condenatorio es un tipo de ataque psicológico desconectado de la compasión y el amor. El juicio correcto es capaz de diferenciar lo bueno y lo malo, la luz y la oscuridad, pero comprendiendo que todos hacemos lo que podemos hacer en cada momento, dadas las circunstancias, dado el nivel de conciencia que cada uno tiene en cada fase de la vida. El juicio condenatorio, por el contrario, obvia la parte de la comprensión y asigna un valor a la persona juzgada.

Así que, volviendo al caso del principio… normalmente, cuando una persona dice “¡No me juzgues!“, lo que está diciendo realmente es “¡No me ataques!“. La persona recibe el juicio sobre sus acciones como si el juicio fuera sobre ELLA, no sobre sus acciones. Esto puede pasar si esta persona ha sido repetidamente juzgada de forma condenatoria en el pasado, lo cual crea en su mente una tendencia a ver juicios condenatorios donde sólo hay juicios correctos.

Pero a veces las personas dicen “¡No me juzgues!” cuando no quieren reconocer sus errores y responsabilizarse de ellos.

En ambos casos podrán decir “¡No me juzgues!“, pero sólo la persona que emite el juicio puede saber si el juicio era realmente condenatorio o no, mirando con sinceridad en su interior.

En este tipo de conflictos interpersonales, la solución pasa por una reeducación de ambas personas. Para poder llevar a buen puerto la discusión, y que ésta acabe siendo creativa y no destructiva, ambas partes han de ser honestas y vulnerables:

>>> Quien emite un juicio ha de aprender a separar la acción juzgada, de la persona que realiza la acción. Es decir, no englobar en el juicio a toda la persona. La persona que emite el juicio debe aprender a reconocer claramente cuándo está cruzando la línea que separa el juicio correcto del juicio condenatorio, cuándo se está pasando del discernimiento a la falta de neutralidad compasiva.

>>> Y la otra parte, la que recibe el juicio o crítica, ha de aprender a entender que los juicios son sobre los actos, no sobre la persona. Tiene que aprender a ser receptiva a los juicios, diferenciando correctamente las críticas neutras, de las críticas condenatorias.

En cualquier caso, la filosofía del “no juicio” debería referirse solamente al juicio condenatorio. El otro juicio, el que es resultado del discernimiento, es imprescindible. Sobre todo en una sociedad como la de hoy, gobernada por las Sombras y en la que campan a sus anchas la mentira y el egoísmo.

No prescindamos del buen juicio, que es lo único que nos queda para construir un mundo mejor…

 

¿Qué tal te llevas con la capacidad de juicio? ¿De qué manera emites los juicios? ¿Te sientes cómodo/a emitiendo juicios? Comparte tu visión en los comentarios… ¡crezcamos juntos!

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