Tu niño (o niña) interior y tu gestión de las emociones

El niño interior es una metáfora o símbolo que se utiliza en el mundo del crecimiento personal para referirse a los aspectos más sensibles, espontáneos, creativos y vulnerables de las personas.

El trabajo con el niño interior es una parte crucial de cualquier proceso de crecimiento y/o liberación interior, pues nos ayuda a reconectar de forma sana con aspectos de nosotros/as mismos que, si no los escuchamos o los intentamos negar, nos acarrean serios problemas emocionales, psicológicos, sociales y físicos.

Hay una parte del trabajo con el niño interior a la que creo que no se le suele dar la suficiente importancia, supongo que porque es la más difícil o «incómoda» de todas: es la gestión emocional basada en el PRESENTE y en la ACEPTACIÓN INCONDICIONAL de lo que estamos sintiendo.

Veo cómo mucha gente (entre las que me pude incluir al principio de mi propio camino interior) acepta con cierto entusiasmo las partes del trabajo del niño interior que son más evidentemente divertidas y creativas, como por ejemplo darse permiso para reír y jugar un poco más, o hacerle pequeños «regalos» al niño interior en forma de concederse caprichos que normalmente no se concederían.

Estas prácticas son tremendamente positivas, si no se usan para evitar las partes menos fáciles de entablar una buena relación con nuestro niño interior. Una de estas partes difíciles de asumir en nuestra relación con el niño interior es abrazar todo lo que sentimos en todo momento, permitiéndonos sentir lo que sentimos (sobre todo si es incómodo o doloroso), dándole permiso a la emoción para expresarse en nuestro propio cuerpo mientras respiramos profundamente con ella.

Existe una tendencia en todos nosotros (por un lado instintiva, y por otro aprendida culturalmente) de querer quitarnos, arrancarnos o cambiar aquello que sentimos y que no nos gusta o que consideramos inadecuado o impropio de nosotros.

Esta reacción semi-automática a las emociones incómodas es enormemente perjudicial a todos los niveles, pues si se convierte en un hábito, podemos enfermar físicamente, perpetuar nuestros patrones de pensamiento y comportamiento menos adaptativos, y perder la oportunidad de crecer y expandirnos como seres humanos más allá de los límites impuestos por nuestra sociedad, por la familia, y por los eventos de nuestro pasado que nos condicionan aún hoy en día.

Cada vez que sentimos alguna emoción incómoda y reaccionamos rechazándola de cualquier forma (ignorándola, negándola, contrayéndonos para no sentirla, proyectándole la culpa a otros, o intentando convencernos mentalmente de que no deberíamos sentirnos así), estamos, sin saberlo, maltratando y abandonando a nuestro niño interior.

Te lo voy a representar con una imagen para que lo entiendas fácilmente. Imagina que tu niño interior es un niño externo a ti, y que se te acerca a ti (que eres el adulto encargado de cuidarle) sintiéndose muy triste, o asustado, o enfadado; imagina que, al verle venir así, le apartas, le rehúyes, o le rechazas por cómo se siente.
¿Qué mensaje recibiría ese niño de ti si actuases así? Es simple: que no es adecuado, que es una molestia, y que no tiene tu apoyo.

¿De qué serviría que más tarde le colmases de regalos, de viajes a Disneyworld, o de chistes y bromas? Más bien de poco, porque el niño se sentiría igualmente abandonado en el fondo, vulnerable e inadecuado todo el tiempo.

Pues esto es lo que hacemos la mayoría de nosotros con nuestros niños y niñas interiores. La parte más importante del trabajo con el niño interior consiste en convertirnos en recipientes amorosos de los estados emocionales del niño, independientemente de lo que sea que sienta, de si nos gusta o no, de si es «adecuado» u «oportuno», o no.

Esta forma de tratarnos a nosotros mismos cuando vivimos emociones incómodas o dolorosas es un arte que se aprende poco a poco, pues estamos profundamente condicionados para lo contrario. Además, es un arte que se convierte en un estilo de vida, en una forma de atendernos a nosotros mismos 24 horas al día, cada día de nuestra vida.

Pues, cada vez que desatendemos o rechazamos a nuestras propias emociones, hay un niño o una niña pequeños en nuestro interior que se muere un poco, que se torna un poco de color gris. Y esto tiene serias consecuencias, siempre.
Por el contrario, cuidar y nutrir una relación sana, atenta y amorosa con nuestros niños interiores nos hace de trampolín hacia la versión más expandida, vital y sana de nosotros mismos.

Cuidemos a nuestros niños y niñas interiores siempre, pero sobre todo cuando más nos necesitan: cuando nos sentimos mal, sea tristes, enfadados, culpables, o asustados.

 

¿Has observado en ti esta tendencia a rechazar tu experiencia presente cuando contiene emociones desagradables?
Comparte tu visión en los comentarios, ¡crezcamos juntos!

 

2 opiniones en “Tu niño (o niña) interior y tu gestión de las emociones”

  1. Soy una persona muy «culposa» y a mis 63 años cada vez más. No sé cómo desprenderme de ese sentimiento…
    Gracias por la reflexión. Tendré que explorar por mi niña…
    Gracias!!

    1. Hola Ana María. La culpa repetida, como un patrón insistente, suele ser la respuesta emocional a una serie de pensamientos-creencia instalados muy profundamente desde la infancia. Y a menudo, instalados mediante el mecanismo del trauma. Por eso a veces cuesta tanto avanzar en el camino del crecimiento personal.
      Una de las cosas más importantes que hay que hacer con la culpa (como con cualquier otra emoción), es aprender a abrazarla como si fuera un bebé. Respirarla profundamente.
      Pero no es lo único que hay que hacer, pues si esa esa culpabilidad está siendo causada por un patrón de pensamiento repetitivo y ese pensamiento no se revisa, te puedes pasar el resto de tu vida abrazando a tu niña interior cada vez que sienta esa culpa, lo cual es posible que suceda a menudo.
      En mi propio camino de crecimiento personal y espiritual, que está marcado desde el inicio por diversos traumas profundos, he ido encontrando un sistema de crecimiento y superación de 4 pasos al que llamé Apropiación Emocional.
      El primer paso es darse cuenta de lo que nos está pasando (qué estamos pensando y sintiendo).
      El segundo es abrazar la emoción, al que hago alusión en el artículo.
      El tercero es des-identificarse o tomar distancia con el propio ego o personalidad, para poder abrir espacio a otras formas de ver y pensar.
      Y el último paso es permitir que nos llegue una nueva y más sabia manera de ver las cosas, y dejar que ésta se instale en nosotros.
      Si quieres más información sobre todo esto puedes contactarme por email sin ningún compromiso.
      Si lo deseas te puedes liberar de tu patrón de culpabilidad, no es necesario que lo cargues más tiempo, Ana María.
      Un abrazo fuerte y gracias por compartir tu experiencia.

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