Cómo tu ego espiritual te impide poner límites al abuso y la toxicidad

 

El título de este post es bastante definitorio y directo en cuanto a lo que quiero explicarte. Te voy a hablar de un grave error que he cometido muchas veces en mi propio camino de crecimiento personal, error que me ha acarreado años de sufrimiento prolongado, y que veo cometer mucho a mi alrededor, en usuarios, familia y amigos del «mundillo espiritual» o de crecimiento personal.

Al señalarte a ese error que es posible que tú mismo/a estés cometiendo sin saberlo, pretendo ahorrarte mucho, MUCHO sufrimiento innecesario, así que si te consideras una «persona espiritual» o intentas «mejorar como persona» en tu día a día, sigue leyendo hasta el final. Creo que me lo vas a agradecer (aunque tal vez a tu ego espiritual no le guste leerlo).

Pero primero, un poco de contexto:

La Responsabilidad Plena, resumida:

Cuando nos comprometemos seriamente con un camino de crecimiento personal y/o espiritual, una de las primeras «verdades sacudidoras» con las que nos topamos es con la comprensión de lo que significa la responsabilidad personal o responsabilidad plena.

La responsabilidad personal o plena – en el contexto del desarrollo interior – consiste en reconocer el papel determinante que tenemos nosotros/as mismos/as en todo lo que nos pasa, lo cual nos puede costar de ver o reconocer sobre todo en aquello que no nos gusta o nos hace sufrir.

Decía el filósofo Epicteto que no es lo que nos pasa, sino cómo nos tomamos lo que nos pasa, lo que lo determina todo (parafraseándole sin pudor alguno). Esto señala directamente a la tendencia que tenemos todos de interpretar de forma casi automática todo lo que nos sucede, y cómo inmediatamente pasamos a vivir en la interpretación que hemos hecho. Y, cuanto más se aleja esa interpretación de la Verdad (que todos somos y todo es Uno-Amor-Totalidad), más sufrimos la interpretación que le hemos dado al suceso en cuestión.

Por otra parte, todo lo que sucede en nuestro campo de experiencia (todo aquello de lo que somos conscientes en nuestra vida cotidiana) ha sido llamado a suceder – o atraído – por nosotros mismos. La mayor parte de esta atracción o manifestación la realizamos inconscientemente (con todos los pensamientos, emociones, bloqueos, indecisiones, impulsos y energías de las que no somos conscientes), por eso la famosa «Ley de la Atracción» puede parecer tan caprichosa y difícil de dominar.

La Responsabilidad Plena, lejos de ser una especie de «castigo» o «carga» es, precisamente, lo que tiene el mayor potencial de liberarnos del sufrimiento (si nos comprometemos a usarla de guía en nuestro crecimiento personal). Cuando nos movemos en nuestro día a día tratando de reconocer nuestra responsabilidad en todo lo que sentimos, pensamos, vemos, o atraemos a suceder, tenemos la posibilidad de localizar con mucha más rapidez nuestros «puntos flacos» o sombras, y ponerles luz y remedio, que si adoptamos el sentimiento de víctimas de nuestras circunstancias.

Entendiendo profundamente el potencial de todo esto, muchas personas del «mundillo» del desarrollo interior (yo misma incluida) vivimos el día a día relacionándonos con el resto de personas y con nuestras circunstancias como si fueran todas ellas espejos, espejos móviles que nos reflejan todo lo que requiere ser revisado en nosotros/as mismos/as y también todo lo que está ya sano y luminoso.

Y entonces, ¿dónde está la trampa? -te preguntarás-

El problema siempre viene cuando se nos cuela el ego a interpretar las circunstancias, y no nos damos cuenta de ello. Concretamente, el «ego espiritual», que es el más listo de todos los egos.

¿Qué es el ego espiritual? No es, ni más ni menos, que identificarse con una imagen espiritual de uno/a mismo. Más que ser una persona con unas inquietudes y experiencias espirituales, es creerse una persona espiritual.

Tranquilo/a, a todos nos pasa, a mí también me ha pasado.

Cuando el ego espiritual hace aparición, es cuando nos empeñamos en ser o en demostrar -o demostrarnos a nosotros/as mismos/as- que somos espirituales. Es entonces cuando surgen las tensiones internas, cuando sobrevienen los problemas con la práctica espiritual. Sobre todo cuando nos «emperramos» en aplicar o imponer nuestras creencias espirituales en circunstancias de gran carga emocional debida al maltrato, ahí es cuando revienta la burbuja de la espiritualidad:

Es en las circunstancias de abuso psicológico, emocional, físico, económico o social (es decir, en contextos tóxicos o de abuso de cualquier clase) cuando el ego espiritual nos entrampa, luchando por demostrarse a sí mismo como la verdad, como la solución, como la única vía y manera de interpretar esa situación tan difícil.

Dicho de otra forma: es cuando el ego del niño bueno o la niña buena, el ego complaciente o pacificador, hace su reaparición sigilosa vestido de espiritual, muy sabio y muy evolucionado.

Un ejemplo práctico para que lo veas claro:

Imagina que una amiga o una hermana, o alguien a quien amas, está sufriendo una situación de abuso físico (maltrato de género) en la pareja; seguramente seas capaz de reconocer el maltrato físico como una clase de abuso, y puedas ver que es algo que no debe ser justificado bajo ningún concepto – por mucho que puedas, tal vez, llegar a sentir compasión por el sufrimiento de ambos miembros de la pareja -.

Imagina que ella, tu ser querido (conociendo tú su situación en casa), te comienza a decir estas frases «espirituales» -porque ella también está en el «mundillo» del crecimiento personal y espiritual-, refiriéndose a su pareja y al maltrato:

 

«Todo lo que nos pasa es 100% responsabilidad nuestra, en este caso mía. No debo quejarme por este maltrato, porque lo he atraído yo».

«Si lo que él hace me afecta o me hace sufrir, es porque yo permito que me haga sufrir. Él no me puede herir, son mis interpretaciones sobre lo que él hace, lo que me hace sufrir.»

«Todo es perfecto tal y como es, hay un plan mayor para todo lo que sucede, para que aprendamos de la Vida. Tengo que aceptar lo que es.»

«Mis emociones y pensamientos negativos son una lacra para mi misma y para los que me rodean. Tengo que aprender a ser más positiva.»

(Recuerda que esto te lo está diciendo entre paliza y paliza, tomando un café contigo…)

«Lo que me molesta de él es un reflejo de partes sombrías de mí misma que no reconozco aún. Puedo y debo aprender de esto, y crecer gracias a ello.»

«Mis emociones de dolor y miedo son por mi niña interior herida, tengo que sanar mi pasado y dejaré de sufrir esta situación. Probablemente si yo sano a mi niña interior, él deje de pegarme.»

«Perdonar es de sabios, juzgar es de personas con un bajo nivel de consciencia. No puedo juzgarle, porque yo también tengo mis defectos. Debo aprender a perdonarle.»

 

 

… ¿Qué pensarías de su actitud? ¿No te parece que sería una manera bastante tozuda, por no decir desconectada de la realidad y perjudicial para ella misma, de enfrentar (o mejor dicho, de NO ENFRENTAR) su situación de abuso? ¿Querrías esa situación y ese discurso para alguien amado? ¿Le desearías a alguien a quien aprecias, vivir una situación de maltrato aferrándose a todas esas ideas espirituales?

Entonces, ¿por qué te lo haces a ti mismo/a?

No es necesario que el abuso sea físico para que sea abuso. Existen el abuso emocional, el maltrato psicológico, el abuso laboral, el maltrato escolar, el abuso estatal, el abuso medioambiental… y muchas veces son mucho más dañinos que el maltrato físico…  Por cierto, ¿sabes identificar el abuso no físico cuando lo tienes delante? La manipulación, el chantaje emocional, la coerción, la extorsión, la humillación, la crítica, la amenaza, la ocultación de la verdad, la deprivación de necesidades básicas, el aprovechamiento de la vulnerabilidad de otros… todo ello son formas de abuso, bastante normalizadas en nuestra sociedad actual.

Madre mía… y entonces, ¿qué? -dirás-

Lo primero es reconocer que tu ego espiritual te está dominando, y que tu ego espiritual es tu mismo ego complaciente «de niño/a bueno/a» de siempre intentando convencerte (con teorías muy sabias y profundas) de que «lo dejes pasar», de que no pongas límites, de que no te enfrentes, de que no crees más conflicto del que ya hay.

Es muy posible que de pequeño/a aprendieras a responder así al abuso debido a situaciones similares con tus padres, este comportamiento inconsciente y des-adaptativo se llama «indefensión aprendida», pero esto daría para otro post en otro momento.

No me malinterpretes, todas esas frases que he puesto de ejemplo son verdad. Al menos una parte de la Verdad, la parte más elevada o espiritual de la Verdad de esa situación. Pero hay más partes, y no se deben ignorar.

El principal problema con esas teorías y todas las que se les parecen es que muchas de las creencias o filosofías espirituales que estamos incorporando recientemente los ciudadanos del primer mundo provienen de contextos, épocas y lugares que nada tienen que ver con el nuestro, y que no fueron diseñadas para dar respuesta a los problemas que los occidentales enfrentamos a diario; dicho de otra forma, Lao Tse y Gautama el Buda no vivieron en el seno de un Sistema global opresor, prácticamente todopoderoso, basado en la explotación de unos sobre otros, la violencia estructural y la alienación.

Aquellos sabios y místicos nacieron y vivieron en contextos más conectados con la Naturaleza, con menos presión para sobrevivir, y con un tejido social menos roto, más humano. No es que sus sociedades fueran idílicas, pero no vivieron en Sodoma y Gomorra 2, como es nuestro caso. No se vieron expuestos en el día a día a los niveles de violencia social normalizada a los que nosotros/as estamos ya acostumbrados/as, y en parte porque muchos de ellos vivieron vidas retiradas de la sociedad de la época.

No es que las filosofías espirituales no sirvan para nada en el contexto actual. Muy al contrario, son muy necesarias para equilibrar el estilo de vida que llevamos; pero no aportan suficientes respuestas satisfactorias en contextos de violencia cotidiana. De hecho, si se llevan al extremo, nos empujan a la pasividad y la sumisión en situaciones en las que no conviene para nada quedarse pasivos…

No es fácil ser una persona espiritual en las junglas de asfalto.

 

 

Por lo tanto no estoy proponiendo que tires por la borda tu espiritualidad, sino que primero revises desde dónde y para qué te repites esas teorías cuando estás inmerso/a en un contexto de abuso, a quién o a qué sirven esas frases.

Y segundo, te propongo que pruebes este orden de actuación cuando te reconozcas en medio de un contexto de abuso, ya sea micro-abuso o macro-abuso:

1º:  Identificar el abuso / toxicidad (no tengas miedo de señalarlo, no significa que estés juzgando o condenando)
2º:  Abrazar las emociones de tu niño/a interior (que es quien sufre el abuso)
3º:  Tomar tu responsabilidad plena en esa situación
4º:  Poner límites / distancia / remedio a la situación (enfrentarte a cambiar)
5º:  Perdonar (desde la distancia o tras la seguridad del límite)
6º:  Mantener firmemente los límites sin volver atrás, pero siempre desde el Perdón

 

Reflexiona si es éste el orden que sueles seguir cuando te encuentras inmerso/a en un contexto de abuso o toxicidad.

Si ves que tiendes a intentar perdonar y tomar tu responsabilidad plena antes de poner los límites y protegerte o distanciarte del abuso, recuerda que te estás haciendo a ti mismo/a tanto daño como la mujer del ejemplo. Tu ego espiritual te está impidiendo que pongas límites, probablemente porque tengas miedo a ponerlos.

Pero esto también daría para otro post en otro momento…

Si algo de todo lo visto en este post te ha tocado alguna «tecla interna» y necesitas que te eche una mano para salir de algún patrón dañiño, puedes ponerte en contacto conmigo. Me dedico a la Terapia Transpersonal en modalidad a distancia.

¿Te has visto intentando convencerte a ti mismo/a con argumentos espirituales para continuar en una situación de abuso de alguna clase? ¿Te apetece compartir tu experiencia? ¡Comparte tu visión, crezcamos juntos!

 

4 opiniones en “Cómo tu ego espiritual te impide poner límites al abuso y la toxicidad”

  1. Otra vez diste en el clavo. Te escribo desde mi insomnio. Y otra vez gracias, Clara.
    Desde los -35 º de latitud, desde un pueblito del Gran Buenos Aires, un abrazo grande.

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