La ilusión de control -y el fin de la preocupación-

La mayoría de seres humanos no vivimos la vida; sufrimos la vida.

Atravesamos nuestro día a día y nuestra existencia en una persecución y una lucha eternas, una persecución de aquello que deseamos, y una lucha contra lo que no deseamos.

Se nos pasan los días y los años persiguiendo logros, corriendo tras las manecillas de un reloj que no perdona a nadie, y esforzándonos por conseguir cosas en las que depositamos esperanzas de felicidad, de paz, de plenitud, de tranquilidad.

Se nos escapa la vida entre los dedos, luchando para que no sucedan las cosas que no queremos que pasen, preocupándonos por atar todos los cabos posibles para evitar lo que tememos que suceda.

Construimos hábitos, creencias, ciudades y sociedades enteras tratando de protegernos de los aspectos indeseables de la vida, y acabamos creyendo que, de esta forma, tenemos control sobre el futuro; que así podremos controlar a la Vida, mediante nuestro esfuerzo y nuestra pequeña inteligencia humana.

Y, si miramos esto con atención, podemos ver que “perseguir” y “huir de” son conceptos simétricos, como dos hermanos siameses. Ambos expresan una cualidad de urgencia, de ausencia de paz interior, en la relación con aquello que perseguimos o contra lo que luchamos.

No hay descanso, no hay paz, en la persecución ni en la lucha.

En este impulso tan humano de perseguir a la Vida y de luchar contra ella, nos convertimos en animales sufrientes, desconectados de la Vida, atormentados por nuestra supuesta autonomía; acuciados por la creencia de que tenemos algo de control sobre la Vida, sobre los acontecimientos, y sobre nuestras existencias.

La ilusión de control nos deja ante un abismo de responsabilidad sobrehumana (y falsa), con la sensación de que no sólo podemos sino que debemos manejar con precisión y cuidado todos los hilos de nuestra existencia.

El ser humano moderno, que sigue siendo tan pequeño e insignificante como siempre, está embelesado por las maravillas de la técnica que él mismo ha creado (mayormente a espaldas de la Naturaleza), y se cree dueño de su vida y sus circunstancias.

Su nueva religión es el aparente Poder sobre el mundo que le otorgan el conocimiento científico y la tecnología, a las que cree omnipotentes.
Como creador y dueño de tecnologías a las que cree infalibles y casi todopoderosas, él mismo se ha acabado creyendo el cuento del Poder y la infalibilidad, de una supuesta capacidad ilimitada para doblegar el mundo a su voluntad.

Hace ya mucho tiempo que nos venimos contando el cuento de que tenemos control sobre la Vida. Nos lo contamos incesantemente los unos a los otros, y nos lo contamos a nosotros mismos sin descanso.

Rechazamos e ignoramos sistemáticamente todos los intentos que hace la Vida de devolvernos la cordura y mostrarnos que no somos sus dueños, que no existe tal cosa como un control real sobre nada.

Rechazamos y apartamos la mirada de todos los acontecimientos que señalan a nuestra humanidad vulnerable, o bien nos obsesionamos con métodos e ideologías que prometen protegernos de ella.

Pero la muerte, la enfermedad, el trastorno mental, las catástrofes naturales o los accidentes llaman a nuestra puerta.

Los fracasos, las pérdidas, los imprevistos, las paradojas y los misterios insondables del mundo no físico… todos ellos escapan a nuestro control y suponen intentos de la Vida por despertarnos de la locura colectiva del control.


Sufrimos la Vida en lugar de vivirla, porque nos creemos los propietarios de nuestras vidas personales y porque, en el fondo, desconfiamos de la Vida.

Pero, ¿cómo confiar en algo que creemos tener que dominar y moldear a nuestro gusto? ¿Cómo arrodillarnos y ceder el mando, si creemos ser nosotros los capitanes…?

La realidad que pocos quieren mirar de frente, porque causa vértigo al principio, es que no somos los dueños de nuestras vidas, sino que nosotros le pertenecemos a la Vida. Ella es nuestra dueña, nuestra madre, nuestra patria, y nuestra capitana.


Cada ser humano y su paquete de circunstancias personales (su vida) son una pequeña extensión de La Vida con mayúsculas, que es la entidad o inteligencia directora. La Vida es quien dirige y engloba a todos los acontecimientos.
Creemos estar solos y a cargo de nuestras vidas, cuando lo cierto es que formamos parte de un gran organismo universal que nos incluye y al cual pertenecemos, del cual provenimos, en el cual vivimos y cual volveremos cuando nuestros cuerpos caduquen.

Nuestras vidas no nos pertenecen en absoluto, nosotros somos quienes pertenecemos a La Vida.

Es Ella la que da y quita, la que dirige, la que facilita caminos y dificulta los desvíos, señalando en todo momento el camino de vuelta a Casa, de vuelta al orden universal.

La vuelta a la Realidad última, a la Verdad de la existencia.

La Verdad de quiénes somos… de qué somos realmente.

No hay identidad más grande, más completa, ni más feliz, que reconocernos como Hijos de La Vida, como pequeñas piezas fractales de la Totalidad.

¿Qué control tiene una hoja sobre el árbol al que pertenece?

La hoja del árbol conoce su lugar en el organismo del cual forma parte, y se limita a entregarse plenamente a cumplir su función. Sin afanes ni resistencias. Con calma. Con serenidad. En plena confianza ante cada cambio y cada proceso.

Sabiéndose dirigida y sostenida por aquello que es mayor que ella.

Sabiendo que su cuerpo y su vida pertenecen a aquello que la engloba, y dispuesta a entregar ambas cosas en paz, cuando llegue el momento.

¿Por qué habría de luchar una hoja por mantener el control sobre su propia vida…?

Tan sólo tendría sentido que lo hiciera si no se sintiera acogida, sostenida, parte de un organismo mayor que ella…

…¿Te sientes parte de algo mayor que tú?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *